El dulce pan de la discordia

Había una vez una familia que disfrutaba enormemente comer pan de miel hecho en casa, la misma receta del bisabuelo. Siempre sabía igual, solo podía variar porque a algunos nos gusta recién salido del horno y otros lo prefieren de días, cuando los sabores se acentúan. Mi hermano de pequeño por ejemplo, se llevaba un trozo a su cajón y se lo iba comiendo a mordidas.

El famoso pan de miel de la familia tiene una textura perfecta, no se rompe ni se desmorona, tampoco es duro. Posee la firmeza necesaria para untarle mantequilla y si vas de puntitas a la cocina a cortar una rebanada, te la puedes ir comiendo sin que nadie se entere, no necesitas servilleta ni ensuciar nada.

El pan de miel tiene una firmeza perfecta. (Foto: Creative Commons)

Es tan especiado que deja su sabor en el paladar y en las muelas por buen rato, gracias al clavo y la nuez moscada. Sin temor a exagerar, es una delicia. A simple vista no te imaginas que sea para tanto la verdad, parece un panqué de naranja o de nata como los de supermercado, de color entre anaranjado y café.

Con el paso de los años otras generaciones aprendieron a hacerlo y siempre sabe igual de perfecto. Hasta que un buen día alguien ajeno a la familia se atrevió a pedir la receta, sin fines de lucro, solo por el placer de hacerlo y nadie fue capaz de decirla. Entre voces nerviosas se oyeron algunos ingredientes, detalles equivocados, omisiones y como se podrán imaginar, el resultado fue un intento del pan original.

Para algunas familias las recetas son tesoros. (Foto: Creative Commons)

Nadie parece tener las indicaciones por escrito. Quienes lo han hecho por años, argumentan que no encuentran el libro, la libreta o el post-it en donde tenían escrita la receta. Todos los miembros de la familia se miran y hacen muecas como de no tener ni la menor idea y la conversación finaliza con un “luego la buscamos”.

No recuerdo cuándo fue la última vez que comí aquel pan de miel. Ese mismo que todos en casa sabían hacer y que hoy quedó en el olvido. Algunas cosas han cambiado desde entonces, hay quienes ya no se hablan y el tan codiciado papelito –si es que existió– pudo haberse quedado de separador en algún libro. Así es como murió esa rica tradición.

Paradójicamente yo me dedico ahora a hornear y me encantaría aprender a hacer ese pan, pero no me obsesiona lograr el mismo sabor. Antes me transportaba a momentos felices, pero hoy representa el antes y el después en la historia de mi familia. Entendí que cuando alguien dice que una receta es familiar, así hay que dejarlo.