Fuera del molde

Mi esposa y yo tenemos dos hijos. Y los dos, por distintas razones, cargan con etiquetas que no eligieron. Uno tiene la piel morena. La otra, una historia difícil que aún se adivina en su forma de mirar. Y aunque son pequeños, ya han aprendido -como lo hemos hecho todos en algún momento- que en México hay muchas formas de no encajar.

Adrián tiene cinco años y es una de las personas más encantadoras que he conocido. Alegre, sensible, curioso y brillante. De esos que desarman con la mirada y conquistan con una sonrisa. También es moreno. Y lo digo porque, aunque no debería importar, importa. Importa en las miradas, en los comentarios “inocentes”, en las preguntas que se hacen con tono amable pero cargan siglos de prejuicio. Importa en los espacios donde, aunque no se diga, todavía se espera que la piel clara venga acompañada de mejores modales, más oportunidades y mejor trato.

Como familia, hemos hecho todo lo posible por ofrecerle una vida llena de amor, oportunidades y entornos que, en teoría, están preparados para recibir a cualquier niño con brazos abiertos. Pero no es así. Lo que hemos enfrentado, desde gestos sutiles hasta frases hirientes, muchas veces disfrazadas de buena intención, nos recuerda que en México el clasismo y el racismo no son cosa del pasado. Son heridas abiertas que se reproducen incluso en los patios de los colegios, en los cumpleaños infantiles, en las conversaciones entre los adultos que educan a los niños.

Porque sí: en este país, la piel blanca sigue siendo un pasaporte social que marca privilegios que no se cuestionan. Y la morena, injustamente, sigue enfrentando barreras. ¿Cómo se le explica eso a un niño de cinco años que solo quiere jugar, compartir y pertenecer?

¿Cómo se le explica que hay adultos que lo miran distinto, o niños que lo repiten en casa sin entender lo que están diciendo? ¿Cómo se protege su autoestima sin hacerle cargar desde tan pequeño con una conversación que debería ser solo nuestra como adultos?

Renata, de cuatro años, es fuerte, intensa, hermosa. Tiene un carácter difícil, como lo tienen muchos niños que han vivido lo que nadie debería vivir tan pequeño. No siempre sonríe cuando se espera, no siempre “se adapta”, no siempre quiere ser tocada o mirada o aplaudida. Y eso, en un entorno que exige niños encantadores, sumisos y perfectamente funcionales a los ojos del adulto, también la pone en la mira.

Los dos son nuestros hijos. Y juntos, como familia, nos movemos en espacios donde se habla mucho de inclusión… al mismo tiempo que se le exige a los niños que no incomoden, no resalten, no se salgan del guión.

A veces basta con que un niño no juegue fútbol para ser dejado fuera. Porque incluso los recreos tienen jerarquías, y los deportes se convierten en filtros sociales disfrazados de juego. Y ahí están ellos, con otros gustos, otras formas, otras preguntas… aprendiendo a resistir el mensaje de que hay que parecerse a los demás para ser aceptado.

Y ahí estamos nosotros, también, aprendiendo a sostenerlos. A cuidarlos sin sobreproteger. A recordarles que no están equivocados por ser como son. Y que en nuestra casa y nuestra familia, no solo caben: brillan.

Criar niños como los nuestros también es aprender a cuestionar los moldes: quién los hizo, para quién sirven y a quién excluyen.

No queremos que Adrián y Renata crezcan creyendo que tienen que adaptarse para pertenecer. Queremos que crezcan sabiendo -con toda la certeza que podamos darles- que su lugar en el mundo no se discute, no se justifica, ni se negocia.

Podríamos pensar que, insertándolos en entornos supuestamente preparados y cuidando cada detalle de su camino, el clasismo se daría por vencido. Pero en México ni los privilegios alcanzan: siempre habrá quien prefiera clasificar antes que abrazar la diferencia.

Y si algún día alguien se sorprende al imaginarlos estudiando en Harvard, en la portada de un libro o liderando un gran proyecto… el problema no será la falta de mérito, sino la pobreza de expectativas.

Hay quienes nacen con el molde hecho a su medida. Y hay quienes de entrada, lo rompen. Nosotros estamos criando a los segundos.

Y lo haríamos mil veces más. Porque aunque este camino a veces duela, es también el más verdadero. Porque no hay molde más valioso que el que se forja con amor, con coraje… y con la certeza profunda de que, al final del día, ellos son exactamente como deben ser.

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